¿Es Musk el hombre más malo del planeta?

Carrol Ríos de Rodríguez / Catedrática y directora del CEES / crios@cees.org.gt

Publicado: Prensa Libre/ Guatemala, 23 de junio del 2026

¿Es la riqueza de Elon Musk motivo de rechazo o prueba del poder creador del mercado? Carroll Ríos de Rodríguez explica por qué el éxito empresarial no empobrece a los demás y advierte que confiscar y redistribuir la riqueza destruye los incentivos, la propiedad privada y el dinamismo económico.

El odio dirigido a Elon Musk es impresionante, casi visceral. El primer billonario en la historia ha cometido errores y tiene defectos. Es válido discrepar sobre sus estrategias empresariales, el nivel de endeudamiento de sus empresas y la viabilidad de enviar a un hombre a Marte, pero las críticas van más allá. Lo convirtieron en un hombre de paja, la encarnación del “capitalismo”, el verdadero blanco de esta negatividad.

Algunos piensan que, en los mercados competitivos, la riqueza desciende sobre los opresores. Si nuestra fortuna palidece en comparación a la de Elon Musk, debe ser culpa suya. Se concibe su fortuna como mal habida e ilegítima, y la riqueza global como un pastel de tamaño fijo: Musk ha obtenido una tajada grande, y deja una pequeña porción para repartir entre el resto del planeta.

Sin embargo, el mercado es un juego de suma positiva. El pastel crece. Musk llegó a Estados Unidos de Sudáfrica a los 17 años, con poco más de US$2 mil en el bolsillo. Emprendió, innovó, trabajó duro y creó riqueza para sí mismo y sus dependientes. Detectó necesidades insatisfechas entre los consumidores —en el sector de pagos electrónicos, comunicación, vehículos eléctricos, navegación espacial e inteligencia artificial— y los consumidores respondimos favorablemente a sus iniciativas. PayPal, X, Tesla y otras empresas mejoran las vidas de muchos consumidores. En el proceso, Musk generó alrededor de cien mil empleos. Troquemos el resentimiento por optimismo: el éxito ajeno revela que con tenacidad e ingenio podemos salir adelante.

Otra frase que se escucha regularmente es que nadie debería tener millones o billones. Por abundantes que sean las necesidades y los antojos de la familia Musk, no podrá gastar una suma tan gigantesca. De allí reclamos como los siguientes: ¡Que lo despojen de tanta plata, que la devuelva, que la repartan! Pero ¿qué les hace pensar que el redistribuidor de la riqueza (el gobierno), o los beneficiarios de la repartición, darán mejor uso a esos fondos? Los empresarios exitosos tienden a reinvertir sus ganancias en proyectos de alto riesgo, potencialmente beneficiosos para la humanidad.

Tales reclamos nacen de un afán igualitario según el cual los gobiernos están llamados a corregir las brechas en ingresos que surgen de los mercados libres. En todo caso, la redistribución nos iguala en la pobreza. Cuando los gobiernos confiscan las ganancias de unos cuantos para redistribuirlas, eliminan los incentivos económicos para producir. Propician el capitalismo crony o el mercantilismo, con barreras de entrada al mercado que protegen a sus amiguetes, cuya riqueza sí proviene de ventajas artificiales.

Algunos emprendedores ricos despilfarran sus bienes, pero otros siguen siendo productivos. Muchos son, además, grandes filántropos que patrocinan proyectos caritativos, el deporte, las artes y más. Sin generalizar, podemos afirmar que posiblemente toman peores decisiones de inversión quienes reciben una transferencia del gobierno sin haber trabajado por ella.

Y es que la sociedad sufre grandemente por estas medidas confiscatorias. El dinamismo del mercado depende en gran parte de que se garanticen los derechos de propiedad privada. Solo los propietarios pueden decir en qué invertir, qué producir, cuánto heredar y a quién regalar sus pertenencias. Los derechos de propiedad asisten a todos, así tengamos poco o mucho. A nadie beneficia un estado de incertidumbre tal que es imposible planificar y disponer del fruto de nuestro trabajo.

El odio a los mercados libres (y a empresarios como Elon Musk) es absurdo y tiene efectos autodestructivos.