La centralidad de la persona humana

Carroll Ríos de Rodríguez / Catedrática y directora del CEES / crios@cees.org.gt

Publicado: Prensa Libre/ Guatemala, 2 de junio del 2026

¿Debe la tecnología gobernar al ser humano o estar a su servicio? Carroll Ríos de Rodríguez analiza la encíclica Magnifica humanitas y explica por qué la libertad, la dignidad de la persona y su relación con Dios deben orientar el desarrollo de la inteligencia artificial y la organización de la sociedad.

Confieso que, a primera vista, me generó ruido la encíclica Magnifica humanitas publicada por el papa León XIV el 15 de mayo. Creí entender que el pontífice solicitaba a los gobiernos regular al Big Tech, es decir, a las grandes corporaciones tecnológicas que desarrollan la inteligencia artificial (IA) y otros avances técnicos, partiendo de las premisas de que los gobernantes poseen un sincero afán por servir el bien común y el conocimiento suficiente para fijar límites prudentes. Sentí que concede al Gobierno un rol tutelar, una obligación a protegernos hasta de nosotros mismos. Además, el texto parece cuestionar la lógica y neutralidad de los mercados. Sostiene que la tecnología y la globalización imposibilitan el funcionamiento de la “mano invisible” descrita por Adam Smith. Supongo que el temor a que la humanidad caiga bajo el dominio de unas pocas personas, que concentran el poder tecnológico y económico, alimenta la sensación de que ha fallado tal mano invisible.

La segunda lectura me cambió mi perspectiva. Me propuse analizar cada mención de la palabra libertad. Capté entonces a un autor amante de la libertad personal. Insiste en que la sociedad debe organizarse para potenciar a la persona humana. León XIV nos recuerda qué somos y para qué fuimos creados. Solo así podemos relacionarnos adecuadamente con la tecnología (las máquinas).

La encíclica es una clase de antropología cristiana, y es cristocéntrica. Escribe el papa que somos seres magníficos y trascendentes porque estamos hechos a imagen y semejanza de Dios. Nuestra humanidad es “plenamente libre” y “capaz de construir relaciones solidarias y preciosas”, porque Dios Hijo, quien se encarnó, murió y resucitó por nosotros, nos convirtió en hermanos suyos, e “hijos de un mismo Padre”. Fuimos creados “para entrar en una historia de comunión con Él, con los demás y con la creación”. Dios-Amor se da a sí mismo y reduce así la distancia infinita entre nuestra existencia y la Suya. Encontramos la verdadera libertad en esa relación amorosa con Dios.

Somos trascendentes y, al mismo tiempo, seres limitados. Las personas no somos omniscientes, omnicompetentes, ni autosuficientes. Nos enfermamos. Envejecemos. Sufrimos. Pecamos. Desarrollamos vicios y adicciones, incluyendo contenidos en redes, que nos hacen menos libres. No obstante, con empeño y responsabilidad, florecemos. Hemos de evitar la tentación de endiosarnos, por un lado, y de animalizarnos, por el otro, considerándonos meros seres materiales, objetos, prescindibles o subyugables. Un cíborg o una creación transhumanista no es más ni mejor que una persona. Y la tecnología está para servir a la humanidad.

El uso y los límites de la tecnología deben ser determinados por la inteligencia humana, “con su conciencia y su libertad”, desde la verdad. Es lo nuestro buscar la verdad, pero en el presente es común escuchar que esta ya no existe, o que se encuentra únicamente en el plano material. También es real la obra invisible de Dios. Él sigue caminando con nosotros, y espera que sus criaturas transformemos nuestro entorno, con base en los principios cristianos y respetando la dignidad y centralidad de cada individuo.

El respeto a cada criatura racional y libre, dotada de infinita dignidad, es el mejor y único punto de partida para organizar la vida social, económica y política. Las instituciones asociadas con una economía libre y el Estado de derecho parten de la centralidad de esta persona, y crean las condiciones necesarias para que desarrolle su potencial integral.