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26 de febrero, 2020

Déjenlas Competir

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Bryan Nájera

“Déjenlos pelear” es la mítica frase que el Dr. Daisuke Serizawa (personaje de ficción) utiliza cada vez que Godzilla va a enfrentar a otro monstruo en las recientes producciones cinematográficas de la franquicia a cargo Legendary Pictures y Warner Bros. El mensaje que quiere transmitir con ésta va dirigido a los gobiernos que, en su desesperación por extinguir a estos titanes, tratan de interferir con armas de gran magnitud en las devastadoras contiendas que ni con un milagro podrían controlar.

Traigo a colación esas dos palabras porque, considero, son la forma ideal para ejemplificar la dinámica de la verdadera libre competencia en el mercado; por ello, en este contexto la frase se adapta a “déjenlas competir”, en referencia a las empresas.

Guatemala es el único país del continente que todavía no cuenta con una Ley específica de Competencia, a pesar de que actualmente tiene el compromiso internacional (que se supone debió cumplir en los últimos meses de 2016) de promulgarla en virtud del Acuerdo de Asociación entre la Unión Europea y Centroamérica. Pero lo interesante es que los proyectos de iniciativa de ley sobre esta materia sí han tenido presencia en el Congreso de la República desde antes de atribuírsele al Estado esta responsabilidad con el organismo trasnacional europeo.

Y ahora, con el afán de evitar las posibles sanciones económicas por el incumplimiento del requisito, está en trámite una nueva iniciativa de ley, con el número de registro 5074, que ya cuenta con el dictamen favorable de la Comisión de Economía y Comercio Exterior. De modo que está lista para que sea sometida a conocimiento y discusión de la IX Legislatura en el transcurso de este año.

Sin embargo, la formulación de este último anteproyecto de la Ley de Competencia denota a leguas la cuestionable práctica legislativa guatemalteca de “importar” leyes de otros Estados, promulgarlas habiendo cambiado únicamente algunos términos y luego pretender aplicarlas sin hacer la más mínima consideración de la realidad jurídica, política, social y económica del país.

Y precisamente por ignorar esos últimos aspectos es que la Ley de Competencia tendría efectos perjudiciales y contrarios a la finalidad que dice perseguir, la cual es: propiciar un desarrollo económico libre de prácticas monopolísticas perpetuadas por los “agentes económicos”. Pues, si claramente Guatemala es un país en el que emprender y desarrollar actividades económicas ya resulta de por sí dificultoso, con una ley que regule la competencia en el mercado la situación se agravaría a un grado tal, que acabaría poco a poco con el indispensable espíritu emprendedor de los individuos y las organizaciones. Asimismo, se depuraría paulatinamente (siendo un poco optimistas, pues nada quita la posibilidad que suceda en un menor tiempo) a todas aquellas empresas que sean demandadas a través del procedimiento administrativo que establece dicha ley y se les impongan las incongruentes multas que también prevé por contravenir sus disposiciones. Ya que, las PYMEs y aun algunas de las grandes compañías guatemaltecas no cuentan con la liquidez suficiente para pagar esas exorbitantes sanciones pecuniarias calculadas en base a tantos “miles de salarios mínimos diarios no agrícolas”; y de antemano se deduce que la misma o peor suerte correrían los comerciantes individuales.

Lo necesario entonces no es una normativa específica que procure controlar un fenómeno indispensable para el mercado, pues ya tenemos una prohibición constitucional de monopolios que se complementa con disposiciones del Código Penal y del Código de Comercio dirigidas a sancionar prácticas dañinas a la competencia y a garantizar los derechos de los competidores y de los consumidores. Y, desde mi punto de vista, esa regulación es hasta más que suficiente.

 Lo ideal es dejar de entorpecer e, incluso, imposibilitar la verdadera competencia con leyes contraproducentes, y que la función del Estado en esta materia se limite a observar y garantizar que no haya ninguna interferencia ajena en el “terreno de batalla” denominado mercado donde las empresas se enfrentan. En otras palabras, ¡déjenlas competir! Pues los principales beneficiados de ello son los consumidores.

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