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18 de marzo, 2019

Ocho verdades relativas al capitalismo

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Marcela Porta

Con frecuencia encontramos (en el vocabulario de algunas personas), expresiones que denotan confusión en el uso del término “socialismo” y sus variantes. Esta palabra, se refiere a un sistema de organización social y económico que destina el excedente monetario de la población [que además es recolectado por medio de impuestos] a obras públicas lideradas por una administración colectiva o estatal [gobierno].  

Diferente a únicamente “hacer obras de caridad”, las personas que admiten ser “socialistas”, aceptan su voluntad de mantener un gobierno suficientemente grande para que gestione bienes y servicios públicos. Esta riqueza proviene a su vez de los empresarios y trabajadores en general. Para una persona socialista, la recaudación de impuestos es más efectiva que la oferta laboral directa y que el enriquecimiento integral por medio de la generación de trabajo. Dicho de otra forma, creen que darle dinero al gobierno de un país para que se encargue del desarrollo económico es más efectivo que producir riqueza y generar empleos. Al estar de acuerdo con esto, los socialistas implícitamente aceptan que no pueden salir de la pobreza sin intervención del gobierno y también que el que más tiene es el que más debería de regalar. Puesto que una persona puede vivir con poco, los empresarios no deben guardar en sus bolsillos más de lo que es estrictamente necesario; lo que les sobra, hay que entregarlo al gobierno para erradicación de la pobreza.    

Por lo tanto y desde esta definición:

  1. Una persona que es socialista no necesariamente es una buena persona, una que no lo es, no necesariamente es una mala persona:

No es correcto decir “soy socialista” si únicamente estoy hablando de estar a favor de hacer donaciones para una causa, de reducir la pobreza o incluso de trabajar en la integración social de alguien marginado. Si soy una persona altruista y que me preocupo por el prójimo, eso no me hace “socialista” eso me hace buena persona.  

 

Puede haber socialistas que son malas personas y socialistas que son buenas personas. En común, únicamente comparten la creencia que el sistema socialista es el que hace funcionar mejor la economía. Por lo tanto, una persona que no cree en este sistema no es, necesariamente, una mala persona.

 

  1. El socialismo no es de los pobres

Muchas personas creen que su posición socioeconómica determina su filosofía económica. Así, porque el capitalista se ha enriquecido, toca a los pobres ser socialistas. Aclarando un poco la situación, el capitalismo puede definirse como la práctica de invertir el excedente de producción en producir más. Diferente al socialismo, que consiste en entregar este excedente al gobierno; un sistema capitalista usaría esta abundancia para comprar una maquina adicional, comprar más materia prima o llegar a nuevos mercados. Esta inversión, generará más empleos (el que vende la máquina, el que vende la materia prima, el que opera la máquina, etc…) y estimulará la economía. Por lo tanto, no es correcto decir que todos los socialistas son pobres; o que todos los capitalistas son ricos. Únicamente se espera que todo aquel que se haga llamar socialista se deshaga de su excedente donándolo al gobierno porque cree en este sistema y por lo tanto será poco probable que se enriquezca. Se entiende también, que los socialistas donarán felices su excedente y que intentarán producir cada vez más para poder ofrecerlo al gobierno, ya que creen en la causa y son los primeros en dar el ejemplo.

 

  1. El socialismo no funciona porque es cuestión de incentivos.

Parece evidente que cuando una persona se niega a entregar su dinero de manera voluntaria para que sirva a causas ajenas a su beneficio personal deduzcamos que la persona es egoísta, mala y cruel. Pero en realidad, el socialismo no incentiva al capitalista a trabajar por los demás. ¿Cómo puede una persona estar motivada para producir más si en lugar de disfrutar de su esfuerzo debe regalarlo? La tendencia en todos los países socialistas es una reducción representativa en la productividad empresarial y obrera para producir lo estrictamente necesario. Los aranceles altos también provocan que las importaciones y exportaciones se reduzcan, cuando el precio final a pagar en impuestos es casi tan caro como el producto mismo.

 

Además, a nadie se le ocurre que los empresarios no desean colaborar de esta manera porque no creen que esta sea una solución efectiva para combatir la pobreza. No creo que haya nadie que desee vivir en un país pobre. Al defender que el trabajo

 es la única manera de erradicar este problema, donar el fruto de nuestro esfuerzo (a gobiernos que muchas veces son corruptos), no solo es desmotivante sino un acto de infidelidad a uno mismo.

 

  1. Los empresarios no son malos, los emprendedores no son buenos:

Algunas personas intentan diferenciar a los empresarios de los emprendedores, abogando que un emprendedor empieza con una actividad económica, mientras que el empresario ya cuenta con una infraestructura y un mercado definidos. Según la Real Academia Española, el verbo emprender, sí se relaciona con enfrentar alguna “dificultad o peligro”, lo que hace de los emprendedores personas valientes, no necesariamente buenas. Se entiende que un emprendedor se aventura en un negocio que puede funcionar o no. Pero en un porcentaje mayor, este emprendedor querrá dejar de ser uno, para convertirse en empresario. No querrá pasar toda su vida con el enigma económico o intentando que su negocio salga adelante. Esto sería como un fracaso indefinido. Si lograse triunfar, esta persona sigue siendo la misma… buena o mala, solo que se convertiría en un empresario.   

 

 

  1. La opinión económica no define la identidad de una persona:

Debido a que hay muchos socialistas (por citar un ejemplo George Soros), que además defienden iniciativas de integración de minorías, como el derecho de la comunidad LGBTQ, inclusión de los minusválidos, iniciativas ambientales y hasta modelos de dietas alimenticias, etc… se ha llegado a creer que todo aquel que es socialista también es respetuoso de estas creencias. Desde el sentido común más simple, una persona puede ser homosexual y también capitalista; así como puede ser socialista y no respetar las buenas prácticas ambientales o la inclusión de minusválidos en la sociedad (como ejemplo común Adolfo Hitler).

 

Esta confusión se debe a que, si tal socialista está a favor de algo y yo no estoy a favor de tal (desde el punto de vista económico), entonces, ¿“evidentemente” puedo concluir que estoy en contra de “todas” sus opiniones? Bastiat nos heredó una frase que puede relacionarse:

 

“Rechazamos la educación estatal, ellos concluyen que rechazamos la educación. Nos oponemos a una religión de estado, ellos infieren que nos oponemos a la religión. Rechazamos la igualdad como política de Estado, ellos concluyen que no queremos igualdad. Los socialistas nos acusarían de no querer que la gente coma pan si escucharan de que nos oponemos a la idea de que el estado se encargue de cultivar trigo”.

 

  1. Todos pagamos, no solo los capitalistas:

El discurso de muchos socialistas está lleno de expresiones de tipo “los capitalistas deben pagar”. Una vez, alguien me agradeció su educación, infiriendo que yo, por creer en el modelo capitalista, había sido responsable de financiar la universidad estatal. Este comentario, hecho con sarcasmo en el instante, me llevo a pensar y a responderle con una verdad incontestable: “No he sido únicamente yo quién ha financiado esta institución. He sido yo, tú y también tus padres, quiénes en forma de impuestos la hemos pagado. Es más, seguimos contribuyendo con este servicio, aunque muchos de nosotros no volvamos a estudiar jamás. No es propio decir que te ha salido gratuita, si sumas lo contribuido a través de los años no es para nada barata. Tampoco es justo decir que te ha salido gratuita gracias a los capitalistas a menos que nadie (ni tú, ni tus padres) hayan trabajado jamás. Ustedes también pagan impuestos”.

 

  1. El gobierno no produce:

El vocabulario referente a la administración tributaria incluye diariamente anuncios y noticias de tipo “El gobierno invertirá en…”. Parece que la manera ortodoxa de referirse a que el gobierno utilizará el dinero recaudado por medio de impuestos para algo en específico es utilizando verbos como “destinar” o “emplear”. Así, “El gobierno destinará tantos millones en la construcción de una escuela”, representa una verdad menos cuestionable que usar la palabra invertir, puesto que el gobierno no produce más riqueza (únicamente la distribuye) y que sus obras muy pocas veces producen dinero tangible o representan un retorno de inversión económico (sobre todo con gobiernos corruptos). 

 

  1. El concepto “socialismo” está equivocado en la RAE

Según esta fuente, el socialismo es la “Teoría económica y política del filósofo alemán K. Marx, que desarrolla los principios de igualdad política, social y económica de todos los seres humanos”. Veamos, en esta teoría forzosamente debemos tomar en cuenta al menos dos factores de producción que son “útiles, necesarios y escasos”. Uno es el capital y el otro es el trabajo. Karl Marx decidió que era injusto que no todos tuviésemos la misma cantidad de capital así que decidió repartirlo en partes iguales (o al menos en partes que emularan un cierto grado de igualdad). Sin embargo, no habló del trabajo. El trabajo que es necesario para producir este capital. Dejó muy en claro que el que trabaja (y produce) debe contribuir por amor a la humanidad con el que no lo hace, sin considerar el esfuerzo que esta persona haya tenido que hacer para lograr esa producción. Ese mismo esfuerzo que muchas veces las personas beneficiadas con este sistema no han intentado. Les encanta decir que todo es culpa de la desigualdad de oportunidades y que el “pobre” no tiene la culpa de que “el rico” tenga dinero, como que ese dinero hubiese caído de algún lado y no de fuera fruto del esfuerzo personal. No están valorando a las personas que se esfuerzan a diario por vivir mejor, las que trabajan más duro. Únicamente piensan en el rico que heredó todo, sin pensar en la clase media que es la más castigada de todas con este sistema. Desde este punto de vista, la política y la economía desarrolla los principios de igualdad política, social y económica de unos, pero no de toda la humanidad y es injusta con los que más se esfuerzan. Mejor dicho por George Orwell “Todos somos iguales, pero hay unos más iguales que otros”.

 

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