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25 de octubre, 2019

El debate entre libertarios y conservadores estadounidenses

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Jonatán Lemus

La semana pasada tuve la oportunidad de asistir a un evento en Estados Unidos en el que libertarios y conservadores debatieron sobre diversos temas, entre ellos inmigración, libre comercio, y los retos de la economía del futuro. Me llamó la atención la alta calidad técnica y filosófica del debate así como la tolerancia entre los participantes. De estas conversaciones varios puntos llamaron mi atención.

En primer lugar, pude observar una enorme diferencia en sus supuestos sobre la naturaleza humana. Por un lado, los libertarios se muestran sumamente optimistas sobre la capacidad de los individuos de adaptarse al cambio. Debido a este optimismo, el libre intercambio de bienes, servicios, ideas, y la libre movilidad de los individuos son defendidos con fuerza en el debate. Para los libertarios, no se debe temer el resultado final de estas interacciones, pues en algún momento los individuos serán capaces de alcanzar un orden espontáneo beneficioso para todos. Por su parte, los conservadores muestran menos optimismo sobre la facilidad de adaptación del individuo, pero sí son optimistas con respecto a la capacidad del individuo, en comunidad, de mantener un fuerte arraigo a los principios fundacionales de Estados Unidos. Desde esta visión, es el apego a los principios lo cual permite el mantenimiento de la libertad, lo cual da paso a la prosperidad y el florecimiento humano. Por lo tanto, para los conservadores estadounidenses, el intercambio de ideas, bienes y servicios es deseable siempre y cuando no afecte un valor mayor: la unidad de la nación.

En ese sentido, llamó mi atención una segunda diferencia importante: la visión de cada corriente de pensamiento sobre la libertad económica. Para los libertarios, el desarrollo económico pareciera ser un fin en sí mismo, mientras que los conservadores lo observaban como un medio para alcanzar un fin más alto. Esto se vio reflejado sobre todo en la discusión sobre migración. Los panelistas conservadores plantearon que la migración era deseable, pero debía tener ciertos controles para garantizar la unidad de la nación y el mantenimiento del sistema republicano. Para los libertarios, la inmigración no plantea ninguna amenaza a la república, y plantearon evidencia sobre cómo ésta beneficia a Estados Unidos económicamente. 

Finalmente, ambas corrientes debatieron sobre el libre comercio. Aunque las dos favorecen el libre intercambio entre países, los conservadores plantearon sus reservas con respecto a las posibles “injusticias” del mercado internacional. Mientras que en Estados Unidos las empresas deben seguir las reglas de un orden liberal, en otros países como China, el Estado puede maniobrar de manera que sus empresarios se vean beneficiados. Desde la visión conservadora, esto no puede definirse como competencia justa, y por lo tanto, es necesario remediar esos desequilibrios. Por su lado, los libertarios señalaron cómo las políticas del presidente Trump en la relación comercial con China podría resultar contraproducentes para los intereses estadounidenses.

Aunque estos debates corresponden a temas de discusión en Estados Unidos, las reflexiones de esta experiencia proveen algunas preguntas para debatir en Guatemala. Una primer tema sería: ¿Se debe privilegiar la existencia de la nación guatemalteca como el fin último del orden político? Sin duda alguna, los conservadores estadounidenses tienen un argumento muy fuerte al señalar que sin la existencia de una comunidad política, con reglas básicas de consenso, es imposible la estabilidad necesaria para la garantizar la libertad y la prosperidad de los individuos. Otra segunda pregunta para reflexionar sería: ¿En qué difiere el conservadurismo estadounidense del latinoamericano? Tal pareciera que el conservadurismo estadounidense defiende principios liberales clásicos, mientras que el latinoamericano podría estar orientado a preservar otro tipo de instituciones que no necesariamente promueven la libertad.

Estos temas quedan para discusión. Ojalá y en Guatemala tuviésemos más espacios para debatir estas interrogantes.

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