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04 de abril, 2020

Afrontar la crisis económica defendiendo la libertad

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Marcela Porta

De repente, todos son políticos o economistas, todos opinan sobre lo que deberían hacer los gobiernos y los empresarios. Algunas personas argumentan que ―como la teoría clásica no dice nada específico sobre qué hacer en estado de calamidad― esta vez no estamos en la capacidad de ayudar a nadie.

No era necesario que Mises o Hayek se anticiparan a dar instrucciones austriacas para una pandemia advertida por Nostradamus. Los libertarios defendemos la libertad, con o sin epidemia. Las reglas son las mismas y los resultados que esperamos son iguales, sin importar la situación.

Para comenzar, seguiremos pensando que el socialismo no puede ayudar más y mejor durante una crisis, mediante la solidaridad desinteresada. La ayuda que puede ofrecerse a los más afectados, por medio del Gobierno, es temporal. No es sostenible darle una canasta de comida a las personas, pues no solventarán con ella la terrible repercusión de esta situación.  

Estaremos de acuerdo con las nuevas leyes y reglas dictadas por el Gobierno para controlar la crisis, cuando estas respeten la propiedad privada y el derecho individual de los empresarios y de las personas en general. Es indiscutible que no estábamos preparados para la crisis, nadie lo estaba, y sí, es una tragedia. Pero no podemos evitar que cosas malas pasen, que la gente muera, que haya cuarentena, que bajen las ventas. Lo que sí podemos evitar es la prolongación de la pobreza, incluso después de la epidemia. El coronavirus pasará, pero el resultado será de más en más devastador, a medida que el Gobierno aleje al país de las condiciones de libre comercio.  

Seguramente, los empresarios deberán hacer recortes de personal y correr el riesgo de terminar el mes con pérdidas. La única forma en que todos saldremos victoriosos es dándole a los productores la libertad absoluta para que se ajusten de nuevo al mercado. Y si con esto nos referimos a permitirles subir sus precios, despedir personas, contratar personal en puestos temporales, contratar por debajo del salario mínimo, contratar medios tiempos ―incluso a diario―, es porque estoy convencida de que es la mejor salida. Algunas condiciones siempre han sido una violación a la libertad del productor y no ayudarán a poner comida sobre la mesa de nadie. En un futuro, no muy lejano, nuestra tasa de desempleo crecerá y las personas que viven “el día” estarán dispuestas a trabajar en lo que se les presente de manera natural. Si permitimos que cualquiera pueda atender este mercado cambiante, nadie podrá aprovecharse de él. Hay muchas empresas que, dada la naturaleza de su negocio, podrían contratar personal de urgencia para abastecer las nuevas necesidades, pero no lo harán si las leyes les impiden dominar la planilla con libertad.

¿Cuántos negocios quebrarán de inmediato si el Gobierno obliga a los empresarios a ponerlos en paro para prevenir el contagio y ―a pesar de esto― no les permite dejar de pagar salarios, bajar sueldos o despedir personal? Los negocios estarán obligados a cerrar y los trabajadores se verán desempleados, en el momento en que encontrar trabajo será más difícil que nunca. Con mayor libertad de producción, estas personas podrían conservar su empleo, aunque este no cumpla con las condiciones establecidas hoy por el ministerio de trabajo. ¿Cuántas personas quedarán de todas formas desempleadas si, además, los empresarios deberán pagar el mismo porcentaje de impuestos al final del mes, mientras que asumen problemas de abastecimiento y flujo de caja? ¿Por cuántos meses clamará el Gobierno que está “rescatando” la economía, si él mismo está en bancarrota?  Sólo se puede ser solidario con lo que uno posee, lo que hace el gobierno es redistribución, pero no solidaridad y no es él el que está rescatando la economía, sino las personas en el mercado y fuera de él los que nos portamos de forma solidaria o nos encargamos de sacar al país de la pobreza.

Defendamos los derechos individuales y la propiedad privada por sobre todas las cosas, y los resultados serán los mejores posibles. El Gobierno no debería decidir por los empresarios, porque no son ellos los que necesitan al Gobierno, sino al revés, y los que producimos y trabajamos tenemos la capacidad de tomar decisiones propias y asumiremos el éxito o fracaso de nuestros negocios, siendo propietarios del establecimiento o no.

No podemos aplastar la economía y luego esperar que la economía nos rescate.

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