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17 de mayo, 2022

¿Somos las historias que nos contamos?

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Carroll Ríos de Rodríguez

El año 1968 fue, según diversos analistas, un terremoto sin precedentes. Las personas taradeaban “Revolution”, de los Beatles, y el programa Star Trek desafió tabús al mostrar el primer beso interracial televisado (entre el capitán Kirk y Uhura). Los sindicalistas y estudiantes franceses tomaron las universidades y bloquearon las calles de París para protestar en contra del capitalismo y el consumismo. El feminismo cosechó logros y tomó matices marxistas.  En Estados Unidos, manifestaban contra la impopular guerra en Vietnam y la lamentable segregación racial; los traumáticos asesinatos del senador Robert Kennedy y del pastor Martin Luther King agregaron leña al fuego. Alrededor del mundo, voces clamaban por la destrucción del status quo social, cultural, académico, económico y político. Todo valía, menos la tradición, la historia, la religión y la razón. Jacques Lacan burlonamente afirmó que “solo los idiotas creen en la realidad del mundo, lo real es inmundo y hay que soportarlo”.

 

Lacan hubiera tildado de idiota al filósofo alemán Josef Pieper (1904-1997), pues él declaró con firmeza que las palabras sirven un doble propósito: primero, nos permiten nombrar e identificar la realidad, y segundo, nos permite comunicarnos con las demás personas.  ¿Habrá escrito Pieper su breve ensayo sobre el abuso del lenguaje y del poder, en 1974, en reacción a los huracanes contraculturales? Quienes falsifican la realidad, incluso si se auto engañan, son condenados por Pieper: la mentira, la manipulación y la adulación constituyen abusos del poder que atropellan la inherente dignidad de las personas con quienes dialogamos.  

 

El desprecio a una comunicación basada en la razón, la verdad y la buena voluntad implica la renuncia a las herramientas mínimas para pensar y conocer nuestro entorno. Pieper subraya que la comunicación y el lenguaje nos permiten acceder al conocimiento. Y el saber nos libera. Por siglos, la humanidad no sólo acumuló importantes saberes, sino que se propuso acceder al conocimiento más puro. Dicho conocimiento es aquel  que le da sentido a las cosas del mundo y que tiene un valor intrínseco. Siguiendo a Aristóteles, Pieper explica que la razón de ser de este particular conocimiento descansa dentro del mismo y no depende de factores externos.  

 

Si Josef Pieper se reencarnara en el 2020, quizás experimentaría el vértigo del deja vú.  Ya antes del advenimiento de la pandemia, el Gran Encierro, y los levantamientos impulsados por Black Lives Matter, se había proclamado la era de la post-verdad y la hipersensibilidad. La psicología de la victimización se asentó a tal punto que censuraron libros y discursos ofensivos a ciertos grupos, derivaron estatuas, reinventaron la historia, y permitieron que las emociones y creencias privaran sobre los hechos objetivos. Se dio en anclar la identidad personal en categorías colectivas basadas en raza, género e ideología, y se sepultó la individualidad y el pensamiento crítico. En aparente contradicción, figuras públicas nos instaron a “¡seguir la ciencia!”,  pero se refieren solo a la ciencia politizada que justifica sus políticas públicas, en tanto prohíben investigaciones científicas (¿verdaderas?) contrarias.

Pieper reencarnado volvería a subir al areópago, para recalcar que  “la verdad acontece en el diálogo, en la discusión, en la conversación, en el lenguaje, por tanto, en la palabra.” Requerimos de un entorno libre para cultivar un lenguaje preciso y lleno de significado, para volver a atisbar el sentido de las cosas, y participar de diálogos edificantes. ¿Podemos reivindicar ese noble anhelo del “buen vivir”, que exige percibir las cosas como realmente son y vivir en la verdad?

 

* Publicado en Prensa Libre el 16 de mayo del 2022. https://www.prensalibre.com/opinion/columnasdiarias/somos-las-historias-que-nos-contamos/

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