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24 de agosto, 2020

¡No al socialismo!

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Carroll Ríos de Rodríguez

Es peligrosa la teoría que sugiere que el presidente Alejandro Giammattei lidera a una clica de empresarios, políticos y militares que se aferran al poder, roban fondos estatales y transan con narcotraficantes. Quienes promueven esta leyenda negra favorecen la lucha revolucionaria para instaurar un “gobierno del pueblo” a cargo de intelectuales socialistas. Suscitan el odio entre supuestas clases antagónicas—los opresores y los oprimidos, los pro-CICIG y el Pacto de Corruptos—y abogan por un radical rompimiento en materia política, económica y social. Esta guerra se libra no solo con métodos violentos, sino en las cortes (lawfare), los medios de comunicación y los pasillos gubernamentales. 

Clasificar a los guatemaltecos en “clases” y adscribirles idénticas motivaciones por el mero hecho de “pertenecer” a dicha clase es patentemente equivocado. Ni los intelectuales socialistas, obreros y campesinos son todos ángeles, ni tampoco los empresarios, políticos y militares son todos demonios. En todos lados hay gente buena y mala. Lo más indignante es ese retrato del empresario como el logotipo del juego Monopoly: un rico panzón, egoísta y venal, quien amasa fortunas que no merece tras explotar a sus familiares y empleados sin escrúpulos. Para hacerse del poder, los socialistas nos dan de beber un veneno puro: el resentimiento por el bienestar del prójimo. En realidad, el empresario es el panadero de barrio, que se levanta de madrugada para confeccionar el pan francés que acompaña nuestro cafecito. La mayoría de nosotros conformamos el “sector privado”: somos seres creativos y productivos que contribuimos con nuestro trabajo-vocación a la creación de riqueza. Lejos de esquilmarnos o explotarnos unos a otros, el mercado libre produce una sana interdependencia. 

Dios no lo quiera, pero si Guatemala cae en manos socialistas, el panadero y demás empresarios desapareceríamos del mapa en el momento que la propiedad privada quede abolida, pues es el pilar que sostiene a la economía libre. Se desvanecerían nuestros sueños, ahorros y proyectos. Seríamos siervos, obligados a trabajar en monopolios estatales; sobreviviríamos de unas magras raciones dispensadas por el planificador central. Tarde realizaríamos que los socialistas ignoran cómo el complejo ecosistema económico depende del respeto a nuestra libertad. 

La izquierda vilifica al político de corrupto y al militar de genocida. Irónicamente, cualquier acto violento o delictivo es admisible si se comete en nombre del “oprimido”. Las guerrillas latinoamericanas se nutrieron de secuestros, terrorismo, robo, extorsiones y alianzas con narcotraficantes. En el pasado, las izquierdas triunfantes militarizaron a la sociedad y centralizaron el poder en una tiranía militar y política (politburó). Los comunistas del siglo XX asesinaron, torturaron y encarcelaron a millones de personas cuyo único pecado fue disentir de su proyecto político. Además, ¿acaso no prolifera la corrupción estatal cuando se centraliza el poder y se silencia a los potenciales fiscalizadores?  Ningún régimen socialista extirpa la corrupción, la competencia, el odio, la desigualdad y el enriquecimiento ilícito. Los dictadores Castro, Chávez, Mugabe y Kim Jong Il, por ejemplo, amasaron turbias fortunas mientras empobrecieron a las masas.

Los promotores de estas teorías dicen preocuparse por el Estado de Derecho, pero realmente desprecian las garantías a los derechos individuales. Si llegaran al poder, promulgarían una constitución y leyes que darían un barniz legitimador a la represión. Ojo: tanto la izquierda extrema como la rosada nos robarían nuestra dignidad y libertad personal. ¡Ellos sí son opresores!

 

* Publicado en Prensa Libre el 21 de agosto del 2020. https://www.prensalibre.com/opinion/columnasdiarias/no-al-socialismo/

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