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18 de julio, 2019

Liberales y conservadores

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Carroll Ríos de Rodríguez

El viernes 12 de julio sostuve un diálogo respetuoso con Gloria Álvarez sobre su libro Cómo hablar con un conservador(2019). Gloria agradeció que una liberal católica y conservadora estuviera dispuesta a leer y comentar su más reciente publicación. Quizás lo más valioso del ejercicio fue modelar una forma abierta y honesta de abordar este tipo de conversación difícil, demarcando los puntos en los que coincidimos y en los que no. El tiempo nunca alcanza para agotar el tema y quedaron sin atender inquietudes que merecen ser analizadas.

El argumento central de Gloria es que los libertarios deben independizarse de los conservadores. Han sido enemigos en el pasado, y ahora es necesario renegar de “la derecha conservadora tradicional” porque “ya no aporta soluciones eficientes”. (p. 79) Yo quisiera ver una segunda edición del libro cuya tesis sea: Los libertarios deben reconocer sus raíces en el pensamiento clásico liberal, conservador y cristiano. Los conservadores deberían luchar contra el uso y abuso de la coacción estatal, pues el estatismo ha sido siempre el más colosal enemigo a derrotar. 

Gloria se inserta en un debate que invade a América Latina, pero cuyas principales plumas son europeas y estadounidenses. Qué se quiere conservar depende del contexto histórico y geográfico: el conservador latinoamericano podría abogar por el republicanismo o el anticlericalismo; en 1789, los conservadores franceses querrían reestablecer la monarquía; los conservadores estadounidenses quieren conservar el ideal de libertad. Es distinta la discusión que sostuvieron el conservador liberal Edmund Burke y el liberal Thomas Paine, en vísperas de las revoluciones americana y francesas, que el debate entre Friedrich A. Hayek y sus amigos conservadores. Hayek escribió “Por qué yo no soy un conservador” en 1957 con ocasión del décimo aniversario de la Sociedad Mont Pelerin, en plena Guerra Fría. Debatía con sus amigos-enemigos Russell Kirk, Wilhelm Röpke, Frank Meyer y William F. Buckley. Años después, Hayek escribió que se convertía cada día más en un “Whig burkeano” y recibió los sacramentos católicos antes de morir, así que era más conservador de lo que él creía ser. 

Gloria toma frases del ensayo de Hayek pero deja fuera partes importantes del cuento. En 1957, Hayek estaba preocupado por el rumbo que tomaba el conservadurismo europeo. Le desagradaba, además, la religiosidad de Kirk. La Sociedad Mont Pelerin tenía que seguir luchando por la libertad económica, sin resistencia al cambio. Hayek se queja además por la apropiación de la etiqueta liberal por parte de los progresistas estadounidenses. Hayek está buscando una etiqueta adecuada para sus creencias. 

El movimiento conservador en Estados Unidos reconoce como fundadores a Hayek, Kirk y Meyer, pese a sus desacuerdos. Todos ellos, junto con William F. Buckley (a quien Gloria jamás menciona, por cierto) protagonizaron una “fusión” del libertarianismo con el conservadurismo sobre la base de un ideario liberal. Su programa era decididamente anti-estatista y pro-libre mercado. Favorecían los órdenes espontáneos, eran “vigorosamente individualistas”, “tolerantes” y respetuosos de las tradiciones culturales y sociales que habían evolucionado en su país a lo largo de los años. Sus ideales tienen poco que ver con ideas socialistas, proteccionistas-mercantilistas, racistas, sentimentales, nacionalistas o políticamente oportunistas que hoy reciben la etiqueta de “conservadoras”. Es una gran injusticia afirmar que estos autores eran conservadores, pero no liberales, así como lo es afirmar que Margaret Thatcher era liberal pero no conservadora.

 

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