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23 de marzo, 2020

Gracias productor, gracias comerciante. El trabajo es vida.

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Carroll Ríos de Rodríguez

En estos momentos en los que debemos dejar atrás las diferencias y luchar por la unidad, me molesta la fuerte crítica a la actividad económica que contienen algunos comentarios sobre la pandemia. Evidentemente, algunas personas ideologizadas quieren que COVID-19 arrase con la propiedad privada, el dinero, el comercio y nuestros empleos; que purifique a la raza humana de la codicia y el consumo. Claro está, esperan que quienes sobrevivan la hecatombe sigan teniendo techo, alimento y productos, ya sea por intermediación de un gobierno benefactor o de su hada madrina.

 

¡Qué gigantesca insensatez! Éste es el momento para agradecer a todas las personas emprendedoras, incansables y laboriosas que nos rodean, porque su invaluable trabajo nos permitirá sobrevivir esta crisis. Nos tiene que caer el centavo que, como San José y Jesucristo, somos por naturaleza y diseño homo faber, hechos para trabajar.  Es falsa la disyuntiva: o salvamos vidas, o salvamos empleos. El trabajo es don, fuente de dignidad y honor, y un insustituible mecanismo de cooperación social.

 

«Si yo no salgo a la calle a vender, no como,» se quejó una señora de avanzada edad que vende comida en la capital. Es cierto para todos nosotros. Nos recuerda la exhortación de San Pablo a los tesalonicenses: «trabajen en paz y ganen el pan que comen…no se cansen de hacer el bien.»  ¡Quienes producen riqueza, hacen el bien! Y el que no quiere trabajar, sentencia San Pablo, que no coma.  

 

Existen registros de intercambio por lo menos desde la época de los sumarios, 3,000 años antes del nacimiento de Jesucristo. Desde la Edad Media contamos con acertadas descripciones de cómo se crea la riqueza. El mercado coordina, espontáneamente, millares de pequeños actos de oferta y demanda. No existe otra receta para reducir los índices de pobreza, subraya Samuel Gregg en The Commercial Society. Este orden económico es el único que faculta la convivencia armoniosa y en libertad de personas diversas, alimentando la confianza mutua, las buenas costumbres, la paz y la tolerancia mutua. Sólo en libertad somos capaces de desatar nuestra habilidad para innovar y crear, dar mejores usos a cosas ya creadas e inventar cosas nuevas, como la cura al coronavirus. Demeritar la actividad empresarial o tomarla por sentado, es literalmente suicida.

 

Gracias productores, gracias comerciantes: ustedes son benefactores y héroes, aunque no reciban muchos aplausos. Pedimos a Dios que este encierro obligatorio y prolongado no provoque la quiebra de demasiadas empresas pequeñas, medianas y grandes, así como de las iniciativas privadas no lucrativas, que constituyen los verdaderos pilares de nuestra sociedad. El combate del coronavirus sería imposible sin doctores y socorristas, sí, pero también sin los insumos que ustedes nos suministran, como camillas, respiradores, medicinas e infinidad de productos y servicios más.

 

Se avecina una recesión económica mundial cuyos efectos probablemente sean más desastrosos que los generados por la crisis financiera del 2008-9.  La economía guatemalteca se estancará o decrecerá este año, y el próximo también, en contraste con el pronóstico optimista, antes de que el coronavirus se convirtiera en pandemia. La recuperación dependerá no sólo de lo que ocurra en el resto del mundo, sino de que las autoridades responsables valoren al mercado y se empeñen por restablecer las condiciones idóneas para su funcionamiento. La administración Giammattei debe reducir la carga tributaria, flexibilizar la legislación laboral y desregular. Es absolutamente prioritario minimizar las pérdidas que cobrarán este virus y las bien intencionadas pero restrictivas políticas públicas que pretenden frenarlo.

 

* Publicado en Prensa Libre el 23 de marzo del 2020. 

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