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15 de junio, 2020

El robo y la destrucción de bienes ajenos

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Carroll Ríos de Rodríguez

Son espeluznantes los videos de estadounidenses que rompen las vitrinas de diversos negocios para robar todo tipo de producto y destruir la propiedad privada. En pocos minutos, hordas destruyen supermercados, farmacias y boutiques, en vecindarios pobres o ricos. Algunos emergen de los establecimientos con cartones de huevos y pan, pero otros con tablas de surf y obras de arte de incalculable valor. Los saqueadores han incendiado sus propias ciudades y provocado decenas de muertes, incluyendo la muerte de empresarios afroamericanos que además de sacar adelante sus  negocios contribuían su tiempo y dinero a sus respectivas comunidades. Ya se cuentan en miles las verdaderas víctimas inocentes de la trágica violencia que azota a Estados Unidos. 

 

Algunos manifestantes intentan mantener el tono pacífico de las protestas por el asesinato de George Floyd, y retratan a los saqueadores como oportunistas e intrusos. Sin embargo, personeros de Las vidas negras importan y de Antifa no han condenado la violencia contra los bienes ajenos, porque ambos son movimientos de inspiración marxista que buscan erradicar la explotación capitalista y la propiedad privada. Su objetivo es provocar una revolución sembrando el caos social. Un vándalo de Los Ángeles explicó a los reporteros que las hordas expresan su enojo robando. Un catedrático afroamericano citado por la revista Time dice que las causas políticas no son éxitosas al menos que se tornen violentas. Rashawn Ray, un sociólogo de la Universidad de Maryland, cree que el vandalismo es una forma de empoderamiento y que las personas pueden recuperar su dignidad robando. Ridículo. 

 

Pintas en las paredes y posts en las redes sociales expresan que la propiedad se puede reponer, la vida no. Durante los largos meses de cuarentena, quienes pedimos la reapertura económica escuchamos frases parecidas: la vida vale más que las cosas materiales. Las cosas materiales se recuperan. Parece que la vida se ha convertido en un valor absoluto—hay que preservarla a toda costa—mientras el respeto a la propiedad privada se aborda como un precepto opcional, selectivo o insignificante. 

 

¡Es un grave malentendido! Los tres derechos humanos básicos e inalienables a la libertad, la vida y la propiedad privada son interdependientes. No hay uno más importante que otro. Decir que son inalienables es decir que son sacrosantos. Ni las demás personas ni las autoridades políticas pueden violar nuestros derechos. No son permisos concedidos por la ley o el gobernante de turno, pues anteceden la creación del estado. Son de carácter universal: todos debemos ser libres y dueños de los bienes que nos permiten sostener la vida, sin importar el color de nuestra piel o nuestra condición socioeconómica.

 

El derecho a la propiedad privada cumple una función social importante, sobre todo cuando está claramente definido, se puede garantizar frente a potenciales abusos, y se puede transferir libremente a otros, a través del regalo, la venta, la renta o la herencia, por ejemplo. Reconocer que una persona es dueña de algo significa respetar la integridad física del bien. Significa respetar las decisiones del dueño respecto del mejor uso del bien.

 

Al desestimar y debilitar el reconocimiento al derecho a la propiedad privada, nos decantamos por esa jungla saqueadora donde lobo come lobo, y sólo podemos acceder a bienes precariamente, hasta que alguien más lo usurpe violentamente. O bien, caeremos en un totalitarismo comunista donde el único propietario es el gobierno. En cualquiera de estos escenarios seríamos menos libres, menos humanos, menos autónomos y menos dignos. Y seríamos infinitamente más pobres.

 

*Publicado en Prensa Libre el 15 de junio del 2020. https://www.prensalibre.com/opinion/columnasdiarias/el-robo-y-la-destruccion-de-bienes-ajenos/

 

 

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