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06 de julio, 2020

Lo que no vemos. El elefante en la habitación: la peor crisis económica en Guatemala en 38 años.

1916

Helmuth Chávez

En los últimos meses se ha desarrollado un debate generalizado, internacional y multidisciplinario sobre si el COVID-19 es una de las peores enfermedades que han afectado a la humanidad. El debate ha sido acalorado, levantando pasiones entre políticos, académicos, e incluso en la sala de muchos hogares. Las comparaciones entre enfermedades se han realizado en múltiples variables, particularmente el índice de contagio –“R naught”- y la tasa de mortalidad; para el COVID son estadísticas en proceso, lo que dificulta cualquier tipo de conclusión. Aún así, las tasas actuales de mortalidad de 0.01% de la población (502,808 personas lamentablemente fallecidas reportadas -al momento que escribo esta nota- en el sitio de Johns Hopkins University) ubica al COVID-19 debajo de la influenza de 1908 y 1957 y otras tantas enfermedades como polio, ébola, viruela, sarampión, etc. Pero mi objetivo hoy no es entrar en este debate, del que muchas veces uno quisiera tomar un respiro (por más de que tengo un gusto seguramente considerado por muchos como “extraño” o “excéntrico” por temas estadísticos y econométricos).

El tema del COVID-19 ha tenido gran cobertura desde la perspectiva de salud y no esperaría que dicha atención se atenúe pronto. No critico esto, es de esperarse que las personas nos preocupemos cuando se presenta una amenaza evidente y tangible para nuestra salud y nuestra vida. Los datos estadísticos han recibido una atención que me sorprende: millones de guatemaltecos analizamos con gran profundidad las cifras reportadas cada día, hasta leemos la letra pequeña que indica cambios en la forma de reportar los datos y aclaramos a familiares y a amigos si un dato reportado de contagios arriba de 1,000 incluyó mediciones de dos días. Discutimos sobre si es mejor indicador el número de contagios o el porcentaje de estos con respecto al total de la población, o mejor aún medir el porcentaje de fallecidos con respecto a la población.

¿Estamos viviendo la peor enfermedad de las últimas décadas? La verdad es que no lo sabemos, yo me inclino a pensar que la respuesta es no. Aunque la respuesta sea no ¿Deberíamos ser temerarios? una vez más, la respuesta en este caso es no. Debemos enfrentar esto con la cautela que se merece.

Hoy quiero llamar la atención al “elefante en la habitación”, eso que muchos no ven o no quieren ver, a una pregunta para la que sí tenemos respuesta y cuya respuesta merece toda nuestra atención: ¿Estamos ante la peor crisis económica en Guatemala de las últimas décadas? Sí.

El mismo debate encarnecido que se tiene con los temas COVID en el área de salud, se tiene entre los economistas cuando discuten la situación económica en un país. Parafraseando -con algo de libertad en mi interpretación- a Winston Churchill, donde hay dos economistas hay tres opiniones (aunque él hacía referencia explícita a Keynes). Aún con todo el debate existente en economía, estoy seguro de que habría alto consenso entre economistas de que la situación en Guatemala es precaria. Específicamente me refiero a los datos reportados hace unos días por Paul Boteo -a quien respeto y admiro-. Me permitiré transcribir textualmente el resumen de Paul:

“El Índice Mensual de Actividad Económica (IMAE) cayó 5.2% en marzo y 10.2% en abril, la mayor contracción de los últimos 38 años. Técnicamente se dice que una economía esta en recesión cuando se registran dos trimestres consecutivos de caída del PIB; sin embargo, debido a la histórica caída del IMAE y de la recaudación fiscal, y a los más de 100 mil trabajadores actualmente suspendidos (sin contar los despedidos, dado que no se tienen estadísticas al respecto) se puede decir que la economía guatemalteca se encuentra ya en una recesión.”

Escribo esta nota instando a la reflexión, pero sobre todo a la acción. Es sorprendente como este tipo de noticias seguramente recibirán mucho menos cobertura mediática y serán poco analizadas y comentadas entre familiares y amigos; como sí lo son los datos que escuchamos, compartimos y analizamos cada día sobre contagios.

¿Por qué este tipo de datos nos sorprenden menos y generan menor propensión a la acción, o al menos a pedir que alguien haga algo? Creo que el fondo de la respuesta se encuentra en la falsa dicotomía planteada desde inicios del COVID entre salud y economía. Se dice que hoy es momento de preocuparnos de la salud y que ya llegará el momento de atender a la economía. Considero que es una falsa dicotomía ya que el ente común de ambas circunstancias es la persona. La misma persona que enfrenta el reto de salud, enfrenta -algunos sin saberlo- un reto igual o mayor: el reto económico. Por otro lado, las imágenes de temas de salud, como el colapso de hospitales, son desgarradoras y evocan emociones y reacciones inmediatas; los temas económicos son como el alto nivel de colesterol en la sangre, genera daños iguales o peores pero que no resultan evidentes.

Así como en salud es importante tener una visión sistémica del cuerpo humano, el tema del COVID demanda una visión sistémica que incluya diversas áreas, incluida de forma muy importante la salud corporal, pero complementado con enfoques psicológicos, sociológicos, culturales y sí, también económicos y financieros. La persona es UNA y desatender temas importantes como el económico no auguran un buen final. Ese es a mi criterio el gran daño que ha causado presentar y defender la falsa dicotomía salud-economía; una dicotomía que pareciera intuitiva y obvia, pero que trata de desmembrar la unidad que representa una persona. Postergar otros temas por enfocarse a atender lo que se considera urgente, puede generar mucho daño en varios países, pero particularmente en países como Guatemala. En Guatemala un porcentaje alto de la población vive en extrema pobreza, con ingresos que les permiten tener un horizonte temporal de un par de días. En Guatemala el tema económico es prioritario y no atenderlo es una irresponsabilidad.

El tema de salud se atiende solo; no mal interpreten mis palabras, no quiero decir que se maneja solo y que no es importante. Hablo en términos de la atención que demanda cada tema de parte de nosotros: el tema de salud seguirá teniendo alta atención (a veces demasiada a mi criterio). El tema económico requiere que lo subamos a la palestra, que lo analicemos, que lo discutamos, que no lo dejemos guardado en un cajón para desempolvarlo cuando “llegue el momento”, para ese entonces será tarde.

Postergar el tema económico sería como haber postergado hasta julio las precauciones sanitarias para contener los contagios. Algunos países que postergaron semanas las acciones fueron catalogados de “irresponsables”. ¿Por qué no reciben el mismo calificativo de irresponsables las personas que sugieren postergar la discusión del tema económico? Meditemos cómo decidimos cada uno de nosotros nuestras prioridades y las acciones acorde a las mismas.

Ojalá este reporte de Paul se vuelva viral como otras tristes imágenes que circulan las redes cada día, estos datos merecen igual difusión, igual importancia, claman acciones acordes a los mismos.

Guatemala enfrenta este reto desde una posición vulnerable: niveles altos de pobreza, poca libertad económica, alta corrupción, caída fuerte en las remesas, precios bajos de “commodities” (para las empresas en esos sectores), bajo nivel de ahorro. Tenemos que entender esta realidad para dimensionar lo importante de enfrentar de inmediato el tema económico. Dadas las condiciones económicas de nuestro país, no hacerlo sería una gran irresponsabilidad; sería como no tomar medidas de precaución en un hogar de ancianos ante el COVID: produciría lamentablemente muchas muertes, que no las veamos de forma explícita no implica que no estén sucediendo. Muertes producidas no por la falta de medicamentos o acceso a un respirador, muertes por falta de lo más básico que es poder tener alimento que llevarse a la boca.

En Guatemala tenemos todo lo que se necesita para reaccionar: personas competentes que entienden del tema económico (como Paul Boteo), emprendedores creativos (como Juan Felipe Destarac que organizó una canal de distribución de alimentos para los más necesitados), empresarios resilientes (que han enfrentado crisis similares en nuestro país), jóvenes propositivos (en buen chapín: patojos chispudos como Andrés Peláez que tomo un paso adelante haciendo propuestas de cómo abrir la economía).

No sabemos si estamos o no ante la peor enfermedad de las últimas décadas (de verdad, no lo sabemos); sí sabemos que estamos ante la peor crisis económica de las últimas décadas. No construyamos con actitudes pasivas lo que después pueda convertirse en la peor irresponsabilidad de las últimas décadas en nuestro país.

No insto a la imprudencia en temas de salud, todo lo contrario; insto a prudencia en el tema olvidado: el económico. Los temas de salud y economía no son mutuamente excluyentes y no deben ser tratados de forma independiente.

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