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Carroll Ríos de Rodríguez

El CEES de Giancarlo Ibárgüen

Tópico de Actualidad:

Año 56. Mayo de 2016. N.o 1,060

Nota del editor: En esta edición de tópicos de actualidad, el CEES rinde homenaje a una persona que dejó un legado imborrable en la historia de la institución: Giancarlo Ibárgüen.

El CEES de Giancarlo Ibárgüen

Por Carroll Ríos de Rodríguez

Giancarlo Ibárgüen valoró especialmente uno de los múltiples sombreros profesionales que portó: ser miembro del Consejo Directivo del Centro de Estudios Económico-Sociales (CEES), cuerpo que presidió del 2003 al 2014.

Fundado en 1959, el CEES había recorrido un largo camino antes de que Giancarlo se uniera al equipo directivo en 1990. Giancarlo leía los Tópicos de Actualidad, la publicación periódica distintiva del CEES, estando aún en el colegio. Debido a sus inquietudes intelectuales, trabó amistad con el fundador del centro de investigación, el Dr. Manuel Ayau, y con otros directores. Así, a los 24 años de edad, tradujo un texto por Donald Lambro sobre los efectos dañinos del salario mínimo que fue publicado como Tópicos de Actualidad en abril de 1987. En 1991, aparece otra traducción y dos Tópicos escritos por Giancarlo: “Bancocracia vs. Libertad Bancaria” y “Pobres para siempre”. Además, fue co-autor de ¡La privatización: una oportunidad!, un libro publicado en 1992.

Giancarlo tenía ya cuatro años de ser director cuando Ramón Parellada, otro joven entusiasta por las ideas que había estado asistiendo a las reuniones del CEES, recibió una invitación formal para integrarse a la directiva. Al año siguiente, ingresé yo. Los tres estábamos simultáneamente involucrados en la Universidad Francisco Marroquín, pero ahora nos sentíamos privilegiados de ser los “patojos” del CEES, intercambiando impresiones con los “mayores”, Manuel Ayau, Felix Montes y Estuardo (Payo) Samayoa, y los “no tan jóvenes”, como solía bromear Fernando Monterroso: el mismo Fernando, Juan Fernando Bendfeldt y Carlos Widmann.

La asistencia puntual a los almuerzos semanales, los lunes, era casi sagrada. La familia Mini facilitó al CEES un espacio a un costado del histórico y acogedor Teatro el Puente, en la zona 4. Don Felicito, quien por cierto no hacía honor a su nombre por ser un tanto gruñón, nos abría el portón del parqueo. Daisy Cordón de Prentice y Carla Silva organizaban las reuniones con esmero. Nos servían sopa hecha en casa y sandwiches, pero el plato principal eran las sabrosas discusiones sobre Carl Menger, Ludwig von Mises, Friedrich von Hayek, Wilhelm Ropke, Henry Hazlitt, Milton Friedman, Frederic Bastiat y otros autores liberales. La oficina olía a papel viejo y a madera, y nos rodeaba una biblioteca de libros que aspirábamos leer en su totalidad. El Dr. Manuel Ayau (Muso) nos deleitaba con sus anécdotas sobre los autores que había conocido gracias a sus andanzas en organizaciones internacionales como la Mont Pelerin, Liberty Fund y The Philadelphia Society. Todas ellas acogieron a Giancarlo a su tiempo.

A decir verdad, yo ya frecuentaba las oficinas del CEES desde antes. Con una apertura poco común, los directores prestaban sus instalaciones a grupos en formación que compartían el ideario liberal. Del CEES nació la Universidad Francisco Marroquín en 1971. El Centro de Investigaciones Económicas Nacionales (CIEN) dio sus primeros pasos, en 1984, con el aliento del CEES. En 1990, con Giancarlo, Ricardo Castillo Arenales (Cayo), Lissa Hanckel, Carla Silva y otros amigos, fundamos la Asociación por el Poder Local (APOLO) para promover la descentralización. El tema nos pareció prioritario luego de nuestras vivencias durante la campaña presidencial del Dr. Ayau. A Giancarlo le agradaba esa cultura emprendedora del CEES, y usaba palabras como paraguas o semillero para describir el rol que debía jugar el centro de investigación en el movimiento liberal. Además, Giancarlo solía decir que cada causa tenía que tener un campeón, un alma comprometida que luchara tenazmente por ella. Él detectaba a campeones y los entusiasmaba con una quijotesca aventura. Desde el CEES impulsó otras iniciativas, entre ellas el Instituto para la Justicia, la Asociación Cívica Pro-Reforma y la Red de Amigos de la Naturaleza. Los sabios consejos y la motivación entusiasta de Giancarlo y los otros directores constituían un insumo altamente valorado. 

Muso era receptivo de las sugerencias que hacíamos los jóvenes para potenciar el trabajo del CEES. Y es que décadas antes, él fue ese joven entre personas mayores, promoviendo iniciativas para incrementar el nivel de vida de los guatemaltecos. Fue así como rediseñamos, más de una vez, la carátula del Tópicos de Actualidad. Jorge Jacobs ocupaba el puesto de director ejecutivo cuando, en los años noventa, se digitalizaron todos los Tópicos de Actualidad. Giancarlo vio venir, mejor que cualquiera, las implicaciones de era de la informática, en tanto los demás fruncíamos el seño ante la noción de un Tópicos virtual. Computarizamos la base de datos de amigos del CEES, lanzamos concursos, y en más de una ocasión visitamos a uno que otro funcionario público para exponerlo a las ideas de la libertad. Haciendo aprendimos que los errores son parte importante del crecimiento y el aprendizaje. La prueba y el error como una experiencia didáctica se convirtió en una piedra angular del mensaje de Giancarlo.

Fue por estas épocas que se abrió la posibilidad de reformar el sector eléctrico y el de telecomunicaciones. En 1992, Giancarlo publicó el Tópicos “Privatizar las ondas de radio”, y en 1998 salió “TELGUA en la era digital : ¿una privatización irrelevante?”.  Muso y Giancarlo fueron protagonistas en estas discusiones y, aunque no le gustaba admitirlo, Giancarlo creó la subasta del espectro radioeléctrico contenida en la Ley General de Telecomunicaciones, aprobada por el Congreso en 1996.  La reforma cobró tal notoriedad internacional que en el 2006, Giancarlo unió su pluma a la de Thomas Hazlett y Wayne Leighton en un trabajo publicado por la escuela de derecho de la Universidad de George Mason, “Property Rights to Radio Spectrum in Guatemala and El Salvador: An Experiment in Liberalization”.

Ya no éramos patojos cuando el CEES se mudó a un costado de la Biblioteca Ludwig von Mises, adentro del campus de la Universidad Francisco Marroquín. En 1995, Giancarlo asumió como Secretario de la UFM, y pasó a ser rector en el 2003. Ya para 1998, el Consejo Directivo del CEES incluía a Federico Bauer y a Cayo. La carga de trabajo y responsabilidades aumentaba, pero seguíamos asistiendo al almuerzo semanal.

Uno de los atractivos era la fluida conversación entre Muso y Giancarlo: se entendían bien. Giancarlo tenía una mente privilegiada. A Muso le brillaban los ojos cuando Giancarlo tocaba sobre un tema que consideraba medular. Giancarlo traía a la mesa temas novedosos, cada vez con más frecuencia.

Ralph Waldo Emerson dijo una vez que “si encontramos un hombre de raro intelecto, deberíamos preguntarle qué libros lee.” Giancarlo devoraba lecturas, incluso textos bastante complejos, y retenía lo leído. Pero tenía lecturas predilectas. Por ejemplo, siendo un visionario futurista, Giancarlo se adentró en temas tecnológicos y científicos. Concretamente, Giancarlo compartió con Clayton Christensen la tesis sobre el valor de la disrupción. Creía firmemente en la necesidad de innovar en el aula, en los programas curriculares, en la medicina y en la administración de las empresas. Entre otros libros de su género, nos invitó a leer primero Disrupting Class (2008) y luego The Innovative University: Changing the DNA of Higher Education (2011), escrito conjuntamente por Christensen y Henry J. Eyring. Le dejó una huella similar el periodista inglés Matt Ridley, autor de The Rational Optimist (2010), un libro que relata con notable entusiasmo la evolución del progreso de la humanidad. Giancarlo compartía el optimismo de Ridley sobre el presente y el futuro de la humanidad.

En el campo humanístico, Giancarlo sentía predilección por el tomo menos conocido del padre de la economía, Adam Smith, La teoría de los sentimientos morales. También era un enamorado de Don Quijote de la Mancha, por Miguel de Cervantes. Su gusto por este clásico era tan evidente que sus amigos gozaban obsequiándole figuras del heroico hidalgo. Un amigo a quien tuvimos el gusto de conocer en los almuerzos del CEES, Antonio Calí, proveniente de Comalapa, incluso mandó a hacer un Quijote fabricado en tuza de maíz.

Las ideas políticas, sociales y hasta espirituales de Giancarlo fueron moldeadas por Mises y Hayek, mas es justo subrayar la  poderosa influencia que ejerció en él Robert Nozick. Giancarlo leyó primero Anarquía, Estado y Utopía (1974), libro que confirmó su radicalidad anarquista, y luego los demás. Invariances (2003) lo marcó profundamente. En este libro, Nozick se opone a la imposición coercitiva de altas metas morales, porque el individuo debe elegirlas libremente. La moralidad evoluciona (es relativa); y la evolución nos selecciona para aborrecer ciertos actos. Fabricamos códigos que protegen los derechos individuales cuando sistematizamos aquello que aborrecemos en grupos. Esta postura encajó con el evolucionismo, o darwinismo social, que caracteriza a Hayek, y también, dicho sea de paso, a Ridley. Por otra parte, en El orden sensorial (1962), Hayek incursionó en el campo de la psicología para exponer la relevancia de comprender cómo los sentidos clasifican los diferentes estímulos físicos. Hayek sugiere que nuestros cerebros y sentidos se adaptan a lo largo del tiempo, con base en la experiencia; nos hacemos mapas mentales del mundo externo. Giancarlo integró conceptos científicos, psicológicos, jurídicos, políticos, filosóficos y más, a primera vista inconexos, en una gran explicación de la acción humana.

El voraz lector no se quedó allí; podríamos seguir agregando títulos a esta lista. Las conversaciones de los lunes nos brindan únicamente una especie de pincelada a sus tendencias ideológicas y a los abundantes conocimientos que acumuló. Giancarlo fue paciente con quienes no surcábamos los mismos mares, sin que menguara su vehemencia en la defensa lógica de los conceptos que tenía por verdaderos. El resultado fue de beneficio para el grupo. Era imposible salir de estos intercambios vibrantes sin la cabeza revoloteando. No nos cabía duda que nos unía una amistad sincera, forjada tras décadas compartir el pan, un profundo respeto mutuo y, por supuesto, el amor por la libertad.

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