1. Inicio
  2. Tópicos de Actualidad
  3. EL CAMINO AL INFIERNO ESTA PAVIMENTADO CON BUENAS INTENCIONES

14 de febrero, 2019

EL CAMINO AL INFIERNO ESTA PAVIMENTADO CON BUENAS INTENCIONES

882

CEES

El fracaso militar de los poderes del Eje en la Segunda Guerra Mundial no hizo sino ocultar con una sombra la expansión de nuevas formas de colectivismo: el comunismo en Europa Oriental, China, Indochina y Cuba, y el socialismo en gran parte de Europa Occidental y África, acompañados de una mayor inclinación hacia la izquierda, bajo el nombre de «liberalismo», en Estados Unidos. Quien hubiese predicho la reversión de esa tendencia y el inicio de las privatizaciones por parte de los gobiernos socialistas y laboristas, desde Francia a Nueva Zelandia, en los años ochenta, y más aún el colapso del comunismo en Europa Oriental y la región balcánica y el desmembramiento de la Unión Soviética y Yugoslavia en los años noventa, habría sido tildado de loco hace apenas una docena de años.

Innumerables factores han conducido a estos acontecimientos; entre los más notorios está la amarga experiencia de ver que la «planificación racional» degeneró en un caos económico y que los sueños utópicos se convirtieron en una pesadilla de estados policíacos. Empero, se requiere una visión para vencer a otra visión. De otra forma, el colectivismo simplemente se hubiera remendado, con reformas infinitas como las que se realizan en nuestros sistemas educativos en Estados Unidos. Una visión alterna tuvo que convertirse en viable antes de que pudiera dar inicio la reversión de la marea colectivista con Margaret Thatcher en Gran Bretaña y Ronald Reagan en los Estados Unidos. Esa visión provino de muchas fuentes, pero si un punto pudiera señalar como el principio de cambio de rumbo de la corriente intelectual que hizo posible los cambios políticos posteriores, fue la publicación hace cincuenta años de Camino de Servidumbre por Friedrich Hayek.

Hoy día resulta difícil concebir el mundo en que Gran Bretaña se desenvolvía en 1944, cuando se publicó Camino de Servidumbre. Quizás no pudo ser un mundo menos receptivo al mensaje de Hayek. La guerra destruía por todo el globo y era una época poco propicia para filosofar sobre la política y la economía, peor aún para una filosofía tan fuera de tono con relación a las corrientes intelectuales en boga por aquel entonces. John Maynard Keynes era la figura dominante en la economía y el teórico social Harold J. Laski era el ídolo político que reinaba en la Escuela de Economía de Londres (London School of Economics), donde Hayek era catedrático. Aún pueblos tradicionalmente capitalistas, como Gran Bretaña y los Estados Unidos, habían sido penetrados por los controles gubernamentales de una economía de guerra, en una era de fervor patriótico en la que los líderes estatales eran héroes y en la cual la subordinación del individuo a la lucha por la supervivencia nacional era el lema del mundo civil, así como del militar.

La economía keynesiana imperaba, con su visión de un gobierno sabio que mantenía el empleo total compensando las deficiencias del mercado. Hayek estaba claramente fuera de lugar, y virtualmente solo. Por aquel entonces, Milton Friedman era un economista poco conocido que hacía investigaciones en estadísticas matemáticas. La mayoría de otras instituciones e individuos que más tarde portarían las banderas del libre mercado aún no existían en 1944. Joseph A. Schumpeter había escrito su obra Capitalismo, Socialismo y Democracia criticando la visión socialista, pero, en última instancia, aceptándola como inevitable.

A pesar de estas circunstancias poco prometedoras, extraña y sorpresivamente, aún para Hayek, Camino de Servidumbre tuvo un impacto inmediato en Gran Bretaña y fue reimpreso tan solo unos meses más tarde en los Estados Unidos. Sin embargo, el clima intelectual de la época era tal que tres casas editoriales estadounidenses se negaron a publicar Camino de Servidumbre, a pesar de su gran impacto en Gran Bretaña, por titubeos morales en contra de un libro que amenazaba con retroceder el reloj del «progreso» social de la era del «New Deal».

¿Cuál era el mensaje de Hayek que conmovió a tantas personas, en tan diferentes formas? Evitando la simplista dicotomía del espectro político de derecha e izquierda, Camino de Servidumbre atacaba al fascismo, al socialismo y al comunismo como formas emparentadas de colectivismo, las cuales dependen de argumentos y tácticas similares para minar los tipos de instituciones que hacen posible la libertad. Hayek argumentó que el Nacional-Socialismo de Hitler en Alemania era efectivamente socialista. Vió la filosofía nazi como la «culminación de una larga evolución de pensamiento» que había nacido hacía más de un siglo, en la que los socialistas despreciaban los debidos procesos de ley, las tradiciones y el mercado, en favor de la búsqueda directa de «resultados». Mucho del trabajo posterior de Hayek sobre la erosión del derecho a causa del activismo judicial es una extensión de este mismo análisis, pues los jueces preocupados por los «resultados» sociales de sus fallos hacen caso omiso de los peligros mayores que crean por su bien intencionado socavamiento de la Ley en sí.

EL SOCIALISMO: ATRACTIVO Y VULNERABILIDAD

El atractivo y la vulnerabilidad del socialismo fueron planteados por Hayek en Camino de Servidumbre, ángulos distintos que distinguieron las actitudes con que la obra fue recibida en Estados Unidos y en Europa. La «manera analítica y receptiva» con la que los lectores británicos discutían el libro presagiaban su «cordial recepción por la generación post-nazi en Alemania», pero estas y otras reacciones europeas contrastaban con el «<odio apasionado» con el cual reaccionaron muchos de la izquierda estadounidense, quienes vieron en Camino de Servidumbre «un ataque malicioso y de mala fe a sus ideales más refinados». La diferencia, según Hayek, era que los europeos ya habían probado muchos de los esquemas socialistas que aún eran aspiraciones para la izquierda en Estados Unidos, de tal forma que los europeos estaban posicionados para confirmar empíricamente la validez de muchas de las críticas que Hayek hacia al colectivismo.

En breve, el socialismo se erige en suelo más firme cuando es un mero ideal. Como una realidad, confronta serios problemas. En los Estados Unidos, mucha de la agenda colectivista era todavía un ideal en esa coyuntura, y muy bien disfrazada, ya que las políticas adoptadas por el partido socialista dirigido por Norman Thomas fueron renombradas «liberales» cuando se incorporaron a la agenda de los demócratas del New Deal.

El comunismo, como la consumación completa del socialismo, ilustra el atractivo y la vulnerabilidad aún más agudamente. Las personas que han vivido bajo el comunismo se han constituido en los más vehementes anticomunistas, haciendo ver a Ronald Reagan como un moderado en torno al tema. Reagan sólo incitó a Gorbachov a derrumbar el Muro de Berlín. Fueron los ciudadanos de Europa del Este quienes derrumbaron las estatuas de Stalin y Lenin, y los ciudadanos de la Unión Soviética quienes prohibieron el Partido Comunista y rebautizaron Leningrado con su antiguo nombre de San Petersburgo.

No obstante, el marxismo como un ideal continúa floreciendo en los campus universitarios estadounidenses, quizás como en ningún otro lugar en el mundo. Aún en países comunistas de línea dura, como en China y Cuba, el marxismo es simplemente un instrumento en un sistema de poder y control totalitario. En el caso de China, especialmente, es evidente que se usa el marxismo instrumentalmente y se deja de lado cuando el régimen considera que puede permitir actividades de mercado para generar beneficios económicos sin perder control político. «Sólo en Estados Unidos» existe un número sustancial de personas que aún se adhieren al marxismo como credo por sí mismo.

Dado que el socialismo nunca se ha impulsado abiertamente con éxito político a nivel nacional en Estados Unidos, ninguna de las consecuencias nefastas del socialismo en otros países ha creado prejuicios en contra de los muchos esquemas «liberales» que en su conjunto equivalen al socialismo. Aún con el ejemplo trágico, a plena vista, de las consecuencias económicas y sociales de controles económicos gubernamentales en Europa del Este, todavía resultan políticamente viables los numerosos programas para incrementar el control gubernamental; esto va desde la «política energética» hasta las alarmantes nuevas propuestas para el seguro universal de servicios de salud.

Camino de Servidumbre no fue una denuncia sin fundamento que tan sólo expuso las ineficiencias del socialismo o el abuso de las burocracias. Atacó al socialismo en su propio terreno como un ideal intelectual, demostrando cómo las premisas subyacentes del ideal eran fatalmente equivocadas en teoría y peligrosas en sus implicaciones prácticas.

LA VISION SUBYACENTE

En el corazón de la visión socialista está la noción de que una sociedad compasiva y benevolente puede generar condiciones de vida más humanas para todos, mediante la planificación estatal y el control de la economía. Tanto los argumentos morales y de eficiencia del socialismo dependen crucialmente de lo que Hayek llamó «hubris (arrogancia) intelectual»; ésta es la suposición de que podemos poseer un conocimiento comprehensivo del fenómeno social y que lo único que carecemos son factores subjetivos, como la compasión y la voluntad, para resolver todos los problemas.

Los socialistas son «idealistas peligrosos», según Hayek, incluyendo a muchas personas «cuya sinceridad y desinterés están por encima de cualquier sospecha» e individuos «de considerable distinción intelectual». La denigración y demonización de los opositores políticos, la cual ha sido parte integral de la visión izquierdista durante por lo menos dos siglos, no conformaba parte de la visión de Hayek. Para él, los socialistas eran personas que sobreestimaban lo que era posible y subestimaban los peligros creados al buscar sus ideales.

Los socialistas han «preparado el camino para el totalitarismo», según Hayek, aunque ellos mismos sean moralmente incapaces de cometer los actos odiosos necesarios para que funcione un Estado totalitario, y retrocedan antes de seguir la lógica ineludible de su visión hasta su conclusión, pues dejan el campo libre a aquellos cuya falta de escrúpulos sí se ajusta a la tarea. Así, el autor vio la llegada al poder de los nazis en Alemania como la consecuencia de una previa demolición socialista de las ideas y de los valores que soportaban las instituciones de la libertad, tal como el Estado de Derecho y la descentralización del poder y de la actividad económica.

Una vez que la igualdad ante la ley la aplicación de las mismas reglas a todos fue descartada como una mera farsa, dado que la «verdadera» igualdad no existía entre las distintas clases y grupos sujetos a dicha ley, el camino quedó pavimentado para la subordinación de la legalidad a los «resultados». Al seguir este rumbo de pensamiento y de políticas, los socialistas tuvieron diferentes resultados en mente de los que más adelante impusieron los nazis. Pero habían abierto las compuertas, y una vez uno abre las compuertas, uno no sabe en qué dirección correrá el agua.

Quizá la expresión más mañosa de la distinción entre «verdadera» igualdad e igualdad meramente formal fue hecha por Anatole France cuando dijo: «La Ley, en su majestuosa igualdad, prohíbe tanto a los ricos como a los pobres dormir debajo de los puentes, mendigar en las calles o robar pan». Menos Ingeniosas pero más insistentes versiones de la misma idea subyacen muchas políticas hoy día que promueven cuotas y otros «resultados» con el irónico resultado jurídico de que la misma Corte Suprema de los Estados Unidos, virtualmente año con año, se ve obligada a hacer distinciones rebuscadas y pronunciamientos obscuros y ambiguos, para poder mantener la apariencia de que administra principios legales, cuando en realidad está decidiendo cuanto sacrificará de dichos principios con el fin de obtener «resultados» sociales.

El Estado de Derecho, sobre el cual en última instancia descansa la libertad, es inherentemente incompatible con el socialismo, como Hayek lo subrayó en Camino de Servidumbre y en numerosos escritos posteriores. Las personas que son libres de hacer lo que les place no suelen hacer lo que place a los planificadores económicos. Las diferencias en valores y prioridades son suficientes para asegurar lo anterior. Estas diferencias deben ser eliminadas por medio de la propaganda o el poder, si el socialismo ha de ser socialismo. La indoctrinación debe ser parte del programa, no porque los socialistas quieran lavar cerebros, sino porque el socialismo requiere del lavado de cerebros.

«No fueron los fascistas, sino los socialistas, quienes comenzaron a reunir en organizaciones políticas a los niños, desde la edad más tierna, para asegurarse que crecerían como buenos proletarios», Hayek señaló. «No fueron los fascistas sino los socialistas quienes primero pensaron en organizar deportes y juegos, fútbol y alpinismo, en clubes del partido en los cuales los miembros no serían infectados por otras ideas». Esta politización de muchas actividades no-políticas está floreciendo entre la izquierda política en todo tipo de institución estadounidense, incluyendo sobre todo instituciones educativas en las cuales las posturas «políticamente correctas» son la meta clara de quienes ven a la educación como la continuación de la política por otros medios.

Los requisitos inherentes en el sistema socialista que hacen necesaria la indoctrinación también hacen necesario el aumento de la imposición del poder político, a menudo más allá de lo que los socialistas mismos hubieran imaginado de antemano. Las personas no irán donde se les dice que vayan, ni harán lo que se les dice que hagan, o realizarán los trabajos que son esenciales para la sociedad, después de que los incentivos capitalistas han sido removidos, a menos que el poder gubernamental se ejerza sobre ellos. En algún momento, algunos de los socialistas más idealistas y humanistas podrán resistirse a un mayor uso de la fuerza gubernamental, pero ello implica ya sea el abandono de una parte de la agenda socialista o el reemplazo de los timoratos por quienes están hechos de sustancia más ruda.

Hayek señaló en 1943, que aún entre los intelectuales socialistas británicos, como Harold Laski y los Webb, se había llegado a aceptar las implicaciones autoritarias del socialismo, aunque otros continuaban con la esperanza de que el «socialismo democrático» era posible sin aguar la democracia, el socialismo, o ambos.

Uno de los señalamientos más significativos de Camino de Servidumbre es que el tipo de personas que «emergen en la cúpula» cambian conforme las características del sistema cambian.

Así, los socialistas idealistas crean sistemas en los cuales los idealistas casi seguramente perderán y serán seguidos por aquellos cuya sed de poder, y crueldad para alcanzarlo, los convierten en los más aptos para sobrevivir bajo un sistema donde el poder gubernamental es el premio máximo en la sociedad entera. Numerosas exclamaciones a través de la historia en cuanto a la «traición» de los ideales socialistas por quienes ostentan el poder pierden de vista el tema crucial de que no existe otra posibilidad que no sea la traición de tales ideales.

Sin duda, socialistas como Norman Thomas se hubiesen comportado más humanamente que Stalin, pero el tipo de sistema que promovían estaba casi predestinado a sucumbir en manos de alguien como Stalin, del mismo modo que sistemas parecidos de socialismo completo han caído en manos similares en otros países a través del mundo. En sentido inverso, una vez que evolucionó el liderazgo soviético a ya no estar dispuesto a ser estalinista, el sistema mismo estaba condenado; no importaba qué tanta confianza tuviera Gorbachev y sus seguidores en su capacidad para reformar y refinar el comunismo.

El análisis de Hayek, ya sea en Camino de Servidumbre o en sus libros sobre el derecho, la economía o la filosofía política, empieza con las naturales limitaciones que hay a la vida humana, o con las implicaciones de tales limitaciones ante las políticas específicas y los sistemas sociales que se adoptan. El tema no es la intención de cualquier persona, sino las probables consecuencias que de hecho ocurrirán. Cuando menos, debemos escoger entre las alternativas verdaderamente disponibles y cuando escogemos algo imposible de lograr, las desilusiones y los peligros que siguen no son accidentales. El socialismo, la planificación completa de la economía y la «justicia social» son para Hayek sueños imposibles.

EL FUTURO

A lo que Hayek se refería en Camino de Servidumbre como «socialismo caliente», ya empezaba a desprestigiarse en los años cuarenta en todos los lugares en donde se había implantado y en donde los observadores estaban conscientes de sus consecuencias reales. El temía a quienes denominó «los totalitarios en nuestro medio», personas que no buscaban el totalitarismo conscientemente, sino que individualmente impulsaban agendas que en conjunto sumaban totalitarismo.

Entre éstos se encontraban aquellos que se habían deslumbrado tanto con los logros de la ciencia y la tecnología que imaginaron una economía y una sociedad que podía manejarse como problemas de ingeniería. Otros deseaban «un tipo de sociedad cooperativa en la cual las industrias organizadas aparentarían ser patrimonios semi-independientes y semi-autónomos» política industrial o alianzas de salud, en nuestros días. Medio siglo después de Camino de Servidumbre podemos agregar a los impulsores de la Acción Afirmativa, a los ambientalistas extremistas, a los activistas del SIDA, a las feministas radicales, y todos aquellos que quieren que se ejecuten sus agendas «a cualquier costo». Ninguno propugna el totalitarismo, aunque todos están orientando a la sociedad en esa dirección, ya que únicamente un poder gubernamental más centralizado puede acceder a lo que exigen.

Una vez tuve la oportunidad de preguntar al Profesor Hayek si él veía el futuro con optimismo o pesimismo.

«¡Optimismopor supuesto!» me dijo, sorprendido ante mi pregunta. Cuando escribió Camino de Servidumbre, la de él era una voz clamando en el desierto. En el presente, la lucha ha sido enarbolada por muchas personas alrededor del mundo, por instituciones y movimientos, y las ideas que parecían tan extrañas a muchos en 1944 pueden ser encontradas tanto en revistas académicas como en programas de televisión.

Actualmente, centros de investigaciones dedicados a las ideas del libre mercado pueden encontrarse en ambas costas de Estados Unidos desde el Instituto Hoover en California hasta la Fundación Heritage, el Instituto Cato, y el Instituto Americano de Empresa (AEI) en Washington, el Instituto Manhattan en Nueva York. De la misma manera están desde la Organización del Sector Privado en Jamaica hasta el Centro para Estudios Independientes en Australia. Milton Friedman se ha convertido en un nombre reconocido en múltiples hogares, y Rush Limbaugh es un fenómeno en sí mismo.

Por otra parte, las tendencias optimistas no se han confinado al mundo de las ideas. La Administración Reagan logró reducir el tamaño del Registro Federal, la gaceta oficial, y sus innumerables regulaciones; dio a la economía lo que Robert L. Bartley, el editor del diario Wall Street Journal, llamó «siete años gordos» en su libro del mismo nombre.

El optimismo, sin embargo, no es euforia. Ni el horizonte está libre de nubes. El plan de servicios de salud de la Administración Clinton es un gran anticipo a cuenta del socialismo, con pagos a plazo que seguramente en el futuro serán mayores que lo anunciado, ya sea medidos en dinero o en la pérdida de libertad para tomar nuestras propias decisiones sobre atención médica, decisiones que son literalmente cuestión de vida o muerte.

El estado de Derecho, que Hayek vio comovital, tanto para la economía como para la supervivencia de la libertad, en ningún lugar corre tanto peligro como en la Corte Suprema de los Estados Unidos. Con dos o tres excepciones, los jueces parecen estar determinados a ser reyes-filósofos, decidiendo tópicos según «criterios en evolución» en lugar de principios fijos; están siempre atentos a personas que se autotitulan «pénsantes» en lugar de aplicar la Constitución o los estatutos que se aprobaron para expresar la voluntad del pueblo elector.

En la Corte Suprema y en otros sitios, la plática trivial sobre «la Constitución viviente» esconde el hecho de que la Constitución en realidad se está muriendo conforme se re-interpreta, cada vez que obstaculice la corriente intelectual prevaleciente.

La revolución de Reagan de los años ochenta, y las tendencias correspondientes en Gran Bretaña bajo el liderazgo de la Primera Ministra Margaret Thatcher, demostraron que las victorias políticas aún son posibles ante la embestida de las hordas colectivas. Pero la resurgencia de los colectivistas con la Administración Clinton. la cual abrió la caja de Pandora de los estadounidenses con las exigencias de la Ley de Minusválidos, demuestra que la batalla aún no termina, ni el resultado es seguro.

Como dijo Churchill tras los primeros éxitos aliados en la Segunda Guerra Mundial que dieron fin a un récord continuo de derrotas en manos de los poderes del Eje: «Ahora, este no es el fin. Ni siquiera es el principio del fin. Pero quizás sea el final del principio». Algún día, si la libertad finalmente triunfa en forma decisiva en el ámbito político y judicial, y la corriente colectivista se derrota y dispersa, entonces Camino de Servidumbre de Friedrich von Hayek será apreciado como un hito en la batalla. Marcará. no el fin del colectivismo, ni tampoco el principio del fin, sino el final del siniestro principio cuando el colectivismo y el totalitarismo parecieron estar destinados a expandirse a través del mundo antes de terminar el siglo veinte.

¿Puede un hombre que es tan poco conocido por el público en general ser una figura pivotal en el pensamiento y en la política de este siglo y quizás del próximo? Quienes lo dudan únicamente tienen que reflexionar: ¿Quién inventó la computadora? Pero aún en el campo del pensamiento y la acción social, el papel del desconocido pero poderoso pensador no es ignorado.

Como dijo Oliver Wendell Holmes, la seña de un gran pensador es que «cien años después que haya muerto y quedado en el olvido, hombres que jamás escucharon hablar de él se mueven al compás de sus ideas». Ya que la influencia de los pensamientos de Hayek emana de miles de fuentes repartidas alrededor del mundo, muchos que jamás habrán oído hablar de él se beneficiarán de sus ideas, ya sea porque han dado a una generación una tregua en el camino a la servidumbre, o porque estos pensamientos cambiaron el curso de la historia hacia el camino de la libertad.

Prohibida la reproducción. Derechos reservados FORBES INC. 1994. Tradujo; Carroll Ríos de Rodríguez.

CAMINO A LA SERVIDUMBRE

Por F. A. Hayek

«En las democracias la mayoría de la gente cree todavía que es posible combinar el socialismo con la libertad. No se dan cuenta de que el socialismo democrático, la gran utopía de las últimas generaciones, no solamente es imposible de alcanzar, sino que los esfuerzos que se hagan por lograrlo llevan a algo completamente distinto: a la destrucción de la libertad misma».

«La planificación económica lleva a la dictadura por ser ésta eficaz instrumento de coerción y, como tal, indispensable para el establecimiento de una planificación central en gran escala».

Camino a la Servidumbre es un mensaje de alerta a quienes, como tantos jóvenes e intelectuales bien intencionados, creen en la promesa socialista sin analizar hasta las últimas consecuencias el resultado de intentar hacer el bien a través de la intervención del Estado en la Economía.

¿CONTROL DE CAMBIOS O DE LOS CIUDADANOS?

«La extensión del control sobre la vida entera que el control económico confiere, no se ilustra mejor en ninguna parte que en el campo del cambio de divisas. Nada parecería al principio afectar la vida privada menos, que el control estatal de las negociaciones de divisas y la mayoría de la gente consideraría su introducción con total indiferencia. Aun así, la experiencia que la mayoría de los países continentales ha demostrado es que la gente pensante reconozca este paso como el avance decisivo en el camino al totalitarismo y la supresión de la libertad individual».

«Es de hecho la completa entrega del individuo a la tiranía del Estado, la supresión final de todos los medios de escape no sólo para el rico sino para todos. Una vez que el individuo ya no es libre de viajar, ya no es libre de comprar libros o periódicos extranjeros; una vez que todos los medios de contacto extranjero pueden ser restringidos a aquellos que la opinión oficial apruebe o para quienes considere necesario; el control efectivo de la opinión es mucho mayor que el que jamás ejerció ninguno de los gobiernos absolutistas de los siglos XVII y XVIII».

  1. A. Hayek (Premio Nobel)

Centro de Estudios Económicos y Sociales

(+502) 2338-7828/(+502) 2332-2420

cees@cees.org.gt

Universidad Francisco Marroquín Calle Manuel F. Ayau (6 Calle final), zona 10 Edificio de la Biblioteca Ludwig Von Mises, Primer Nivel Guatemala, Guatemala 01010Ubicación en Google

Contáctanos